Ferrari 599 GTB Fiorano
Hay dos cosas que sacuden la consciencia cuando uno se sube a un Ferrari: conducirlo y saborear todo lo que representa. En ambas cosas estos coches son un referente, por lo que nos hacen sentir, y por lo que hacen recordar
Daytona, 1967. Lorenzo Bandini y Chris Amon, con su Ferrari 330 P3/4 0846, entran en la meta escasos centímetros por delante del tándem Scarfiotti-Parkes, segundos con otro 330 P4 0856, y cierra el triplete para Ferrari la pareja Rodríguez-Guichet con un 412. La distancia entre ellos también puede medirse en centímetros. Una victoria colosal, que ha sido reproducida en fotos, en cuadros, como el de Dexter Brown, o en edición especial para slot… una más –aunque de las más espectaculares– entre las miles que han logrado los coches de il cavallino rampante en todo tipo de competiciones.
Roberto Casolari, representante de Ferrari en España, prepara los papeles de la cesión del 599 Fiorano para AUTOhebdo SPORT y, a su espalda, en una de las salas del concesionario Santogal, una instantánea de ese día cuelga de la pared. Roberto, sonriente y cortés, me recuerda que el Ferrari 365 Daytona de 1968 lleva tal nombre conmemorando esa victoria, pero que fue la voluntad popular la que le colgó tal apellido. Ese coche era el 365 GTB/4 a secas, solamente fue denominado Daytona de forma interna antes de su lanzamiento, y durante muchos años Ferrari no reconoció tal nombre. La Historia le ha hecho recapacitar. Mientras bajamos las escaleras que nos conducen al 599 Fiorano, me viene a la mente que este coche es su directo sucesor.
Motor V12
El motor V12 F140C es otro de los libros abiertos que el 599 guarda en su interior, un poderoso 6 litros de 620 caballos que proviene directamente del Enzo. Su potencia específica supera los 100 caballos por litro –sin turbo, claro–, entrega el 90% del par a partir de 3.500 revoluciones y se estira hasta las 8.400.
El 365 Daytona también tenía un V12, como el primer Ferrari que salió a la venta, cuando en 1947 Enzo Ferrari decidió hacer coches de calle, tras dos décadas dedicado exclusivamente a la competición. Los V12 de Ferrari cosecharon una reputación de excelencia, y muchos fueron los que se echaron las manos a la cabeza cuando el relevo del Daytona, el 365 GT4 de 1973, cambió tal configuración por la de tipo bóxer, de cilindros opuestos, como también posee el Testarrossa, y además situó el motor en la parte central-trasera del coche. Todo para mejorar el reparto de pesos, para lograr chasis más eficaces, pero al público no pareció gustarle. No fue hasta los años ‘90 cuando la firma recuperó los motores V12 en posición central-delantera (una solución menos efectiva según las leyes de la Física, pero más apasionada), y por eso el 599 cuenta con uno de ellos, haciendo válidas de nuevo las palabras de Enzo Ferrari, quien aseguraba que "los caballos deben ir delante del caballero". Casi cada pieza del 599 tiene una historia como ésta.
Desde el asiento de la derecha, antes de ponerme a los mandos, recibo una larga explicación técnica de varios de los sistemas del coche, que disfruto y que me sirve también para corroborar un matiz que diferencia a los Ferrari de las últimas décadas de los primeros: siguen siendo coches casi de competición, pero ahora son también coches de lujo. "Os lo hemos dejado en color azul, porque muchos piensan que un Ferrari es un coche rojo que corre mucho, y eso es mucho menos de lo que es un Ferrari", confiesa Roberto Casolari.
Allá donde va la vista se percibe la lucha, o mejor dicho la asociación, entre la deportividad y el lujo: los asientos son bacquets y son confortables, la fibra de carbono compite con el delicado cuero por hacerse protagonista en el salpicadero, y éste inunda todo el habitáculo, logrando que el conjunto sea digno de un palacio… y de un box de un circuito.
En marcha
Una vez en marcha, de nuevo se palpa ese difícil intento por conciliar la exquisitez suprema con la eficacia máxima. Hay coches más deportivos, sin ir más lejos, el Porsche Boxster RS Spyder 60 Aniversario que conduje ese mismo día, con suspensiones duras como tablas, y modelos más lujosos, como los Rolls-Royce. Pero la excelencia de Ferrari viene de la capacidad de conjugar ambas cosas, obteniendo una suma inigualable. Ningún coche de lujo en todo el planeta es tan ágil como el 599, ningún deportivo es tan suntuoso como él, sólo otro Ferrari.
Así que cuando empiezas a rodar los primeros metros, el 599 te regala suavidad de marcha y confort. La gran anchura del coche –que no cabe en los túneles de lavado– hace que la sensación de espacio sea impresionante. En definitiva, este modelo permite hacer largos viajes sin problema alguno.
Cuando se acercan las curvas es hora de despertar a la bestia. Desde el volante de fibra de carbono se controla el Manettino, que con sus cinco posiciones logra aumentar la dureza de la amortiguación, variar la respuesta de la dirección y la velocidad de accionamiento de la caja de cambios (denominada F1-Superfast).
La amortiguación cuenta con un sistema electromagnético que logra variar su respuesta en milésimas de segundo, y en la cuarta posición del Manettino, "Race", se percibe bien firme. La quinta y última mantiene estos parámetros deportivos y desconecta el control de estabilidad por completo.
La caja de cambios cambia su suavidad por fiereza y rapidez, y acompañado del rugido del motor en aceleración, que ahora responde más rápidamente al acelerador, el 599 está listo para comerse las curvas. Las primeras van a ser las de un tramo del Rallye Shalymar. Pongo todo a mi gusto con el Manettino... y disparo.
A pesar de su gran tamaño y gran motor, el 599 se desenvuelve en terreno revirado como Pedro por su casa. Prefiero no desconectar el control de estabilidad, que además da bastante juego y no para en seco al coche al mínimo derrapaje. La cantidad de potencia es brutal, de forma que la salida de todas las curvas es explosiva. Afortunadamente, los frenos responden bien, pues el siguiente giro siempre llega antes de lo previsto y deben emplearse a fondo constantemente. Dado que, como hemos visto, este 599 se queda un paso por detrás de los coches de carreras para invertir en refinamiento, y esa falta de radicalidad lo hace muy fácil de conducir; sus reacciones al límite no son nerviosas ni bruscas, como pueden ser las de un 911, aunque gestionar tanta potencia puede ponernos en apuros. En un abrir y cerrar de ojos el tramo ha terminado y, más que los límites exactos del coche, percibo que la experiencia ha sido sobrecogedora y apasionante. Mi sonrisa es de anuncio y me gustaría pasarme horas y horas rodando en este lugar.
Pero todavía hay más. Ahora toca rodar en el Jarama. Sólo una vuelta, la pertinente para llegar a la curva de la Hípica, donde hemos hecho las fotos, y volver a boxes. Hemos prometido a Roberto no rodar más con él.
Allí, el 599 brilla todavía a más altura, no hace falta tanta improvisación y experiencia como en carreteras de montaña, y sí más precisión. El Ferrari de serie vuela, haciendo tiempos envidiables por muchos coches de carreras. Te das cuenta de que su paso por curva es arrebatador, y de que en carretera todavía dejas más margen de seguridad del que creías. Viene a la mente el excelente reparto de pesos –motor delante, caja detrás (transaxle)–, o que tratamos con el modelo con mejor relación peso-potencia de la categoría.
La nobleza de reacciones permanece, y se corrobora definitivamente al empezar a jugar con su trasera, que obedece fielmente al conductor. En definitiva, hay que ser un experto para extraer la quintaesencia de este coche, pero no hay que domarlo, el 599 saca lo mejor de cada conductor, te hace sentir hábil al volante.
Lo que te hace sentir, lo que te hace recordar
Ha terminado la prueba y todavía se agolpan las sensaciones en la cabeza, hay que ir ordenándolas. El Ferrari es un joya rodante, por precio y por el exquisito cuidado con el que nos transporta, tanto por su confort de marcha como por el interior, lleno de lujo y boato. Pero claro, para los apasionados esto es secundario, aunque a muchos de sus compradores les sea suficiente. Lo principal es que es una máquina capaz de hacernos sentir vivos, de hacer brotar la adrenalina a litros y la satisfacción en garrafa. Sólo hace falta ser un poco sensato para disfrutarlo así, pero cuanto más le exiges, más te regala. Cuando vuelas por el asfalto con un Ferrari, comprendes la pasión que despierta, y que cada uno de sus planteamientos es una evolución de esa misma pasión, que nació hace más de medio siglo.
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